El esloveno gana el Luz Ardiden su tercera etapa en este Tour y amarra la clasificación de la montaña, además de la general y la de los jóvenes. Mas recupera su mejor versión y asciende al sexto puesto.

No hay clemencia ni rastro de generosidad graciosa en Tadej Pogacar, para quien cada día sobre la bicicleta es un nuevo desafío. Corre el esloveno como si cada etapa fuera la última y sus rivales no pueden sino rendirse una y otra vez a su superioridad. Ya van tres etapas en este Tour, las mismas que logró el año pasado, y tiene todos los boletos para lograr la cuarta en la contrarreloj del sábado. Todo ello, unido a sus más de cinco minutos de ventaja sobre el segundo clasificado, configura una monstruosa hegemonía que se transformará en un nuevo triplete en París, el mismo que en la pasada edición: general, montaña y jóvenes. Sólo Mark Cavendish le acompañará el domingo en los Campos Elíseos como vencedor de la regularidad.

Luz Ardiden se suma así al mapa de conquistas de Pogacar, pese a los intentos por evitarlo de Jonas Vingegaard y Richard Carapaz, quienes habrán de conformarse con el podio, que no es más consuelo. También buscó su suerte Enric Mas, recuperado de sus dos malas jornadas en Mont Ventoux y Portet, solapado a los tres mejores hombres de la carrera hasta las rampas finales. Les atacó incluso y por un momento pensó que podía ganar, «pero he visto que venía un avión amarillo por detrás y ha sido imposible. Yo decía, ‘a ver si me deja…’, pero también quería la etapa y no ha podido ser», resumía el balear, que asciende a la sexta plaza. Tendrá que defender en la contrarreloj 1:11 frente a Lutsenko para conservarla.

El gran damnificado del paso por los Pirineos es Rigoberto Urán, que en estas dos jornadas ha pasado de la segunda a la décima posición. En la etapa de este jueves cedió ya en el Tourmalet, primera de las dos ascensiones de una etapa pirenaica corta y sin mucha historia hasta el kilómetro final. El interés por las clasificaciones secundarias evitó que se formara una escapada consistente y rara vez la distancia de la cabeza con el pelotón llegó al minuto. Una rareza que le restó mucho atractivo a una jornada que acabó siendo anodina.

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